Y se cayeron de bruces...

 

Jesús lleva a los tres más íntimos al monte Tabor, y allí se revela su identidad de Hijo y el cumplimiento y plenitud, en su Persona, de la Ley y los Profetas, de todas las promesas mesiánicas, de todas las esperanzas de los hombres de todos los tiempos. 

Ya la voz del Padre, estruendosa entre las nubes: "Éste es mi Hijo, el amado, escuchadlo", resuena en aquel lugar sagrado, como una llamada urgente a dejar resonar en ellos -Pedro, Santiago y Juan-, la verdad de un Dios que los alcanza. ¡Y, hasta qué punto los alcanza que caen de bruces a un golpe de realismo! Porque la realidad divina no se vive entre algodones, alejados de la realidad del mundo. La tentación de acomodarnos "entre tiendas" mientras el mundo está herido y hambriento es la gran tentación de ayer y de hoy. 

El Misterio del Dios hecho hombre nos revela la irrupción más radical de Dios en la historia humana. Lo de Dios en lo del hombre; en Él todo velo se rompe, y lo divino y lo profano se funden y comparten hogar. Tal revelación apunta al compromiso por un mundo en el que nada de lo humano puede resultar indiferente. El permanente "cable a tierra", las constantes bajadas del Tabor son necesarias para comprender que somos más transfigurados en la medida en que más nos damos. 

P. Samuel 


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