sábado, 28 de noviembre de 2020

¡También mañana, Dios será Dios!

Ahora, justo en esta realidad que después de meses nos está generando un gran hastío y desesperación, llega un tiempo precioso que llamamos ADVIENTO, con el que nos preparamos para agradecer, celebrar y esperar: 
Agradecer que en Jesús, Dios hecho hombre, el Dios-con-nosotros, se cumplen todas las promesas. Celebrar que nuestro Dios sigue caminando con nosotros, sigue obrando milagros, sigue sosteniendo nuestro mundo que parece caerse a pedazos. 
Esperar que nosotros, junto a toda la creación, seremos redimidos, restaurados, salvados. 

Así de loco de amor, así de "loco Amor" es nuestro Dios, que nos mueve por su Espíritu haciendo que nos podamos vestir de primavera en pleno invierno, invitándonos a sonreír en los momentos más tristes, y enseñándonos a bailar bajo plena tormenta. Basta con empezar a cambiar nuestra mirada desesperante y desesperanzada (¡se dice fácil!), por una mirada que se abandona al Creador, y que confía sabiendo de quién se ha fiado. 

El Adviento es, pues, momento de despertar y velar, contemplando cada acontecimiento de nuestra vida como oportunidad grandiosa de salvación y Gracia. Pero también es saber reconocer que somos de barro, que vivimos secos, rotos, sedientos. Se acabaron los tiempos de los espejismos, del creernos autosuficientes, de pensar que "me basto a mí mismo", del mirarnos el ombligo para regodearnos en nuestro complejo de omnipotencia. ¡Y el dejar estos lastres nos resulta tan complejo...! ¡Es como dejarnos a nosotros mismos! Lo grandioso de andar el camino "dejando los pedazos" de nuestro ego, es que nuestro Dios no permite que nos quedemos vacíos, es la ocasión para su inhabitación, para su venida, para el encuentro con Él. Y, dejándonos habitar, somos más nosotros mismos. Es el milagro de la humanización de Dios, y de la divinización del ser humano, sólo posible en su Encarnación, porque entendemos que solamente un Dios que es humano puede salvarnos de nuestras miserias y poquedades. 

Por eso, además de velar despiertos, es tiempo de crecer en humildad y descalzarnos, hasta que nuestra voz grite con el profeta Isaías: "¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!" A ese grito sólo llega quien se reconoce contingente y pequeño, limitado y de barro. 

Finalmente, este tiempo, lejos de derrotarnos, es una gran oportunidad para crecer en una esperanza esperanzada (no resignada, vamos, para que nos entendamos, porque también hay esperanzas desesperantes y desesperanzadas). Nuestra esperanza no debe generarnos angustia y desasosiego, porque "nuestra Esperanza no defrauda", llega, no a nuestro tiempo ni capricho, pero llega. Y, a final de cuentas, ¿sabes qué? También mañana Dios será Dios, y esto nos da una inmensa alegría y paz. 

Así que, respiremos hondo, miremos con optimismo, aprendamos la paciencia, y, recordemos, en tres frases: 
1. Mantente despierto, no te anestesies. 
2. Descubre tus grietas y reconócelas delante de tu Hacedor.
3. Vive alegre, con esperanza confiada. 
Porque, sí, también mañana, Dios será Dios. 

Te dejo una canción para que te sirva en este tiempo. Pincha: Contra toda esperanza

¡Espero contigo, mientras cantamos!

sábado, 21 de noviembre de 2020

¿El examen final? ¡El Amor con que has amado!

Sí, ya sé que te incomoda esta imagen, que te parece miserable y escandalosa. ¡Amarillista y exagerada! Ya sé que en el fondo esta imagen hace de espejo, y refleja nuestras heridas más hondas, y sus peores síntomas: ¡la indiferencia y el olvido!

Hoy cerramos un ciclo raro para todos, extraño en todas sus formas. Hoy se abre una nueva oportunidad que nos llama a la esperanza. Celebramos la Fiesta de Jesucristo Rey del Universo. Hoy, cuando hay cada vez más ínfulas de "reinados" entre las apariencias de las misses, el discurso barato de los políticos y la hegemonía de los medios de des-comunicación. 

Es cierto que a muchos nos cuesta imaginar esta fiesta desde nuestros parámetros mundanos. No sé tú, pero yo no concibo el ver a un Jesús enjoyado y con corona, con cetro real y sus dedos acusándome lo malo y ruin que soy. Sufro en mis miserias, pero me he encontrado con el Jesús de la Misericordia. Ese que, muy lejos de parecerse a un Juez sin corazón, me mira con una gran Compasión. 

¡He ahí su poder! El poder del Amor, el Reinado del Servicio fiel hasta el extremo, el "imperio" de lo escondido en las entrañas de una madre, el silencio de una entrega en Cruz. Ese Jesús de pies descalzos, que vela por sus preferidos, los últimos, los perdidos, los desahuciados, los moribundos, los drogatas y los no nacidos. Ese Jesús que se hinca para abrazar y bendecir, para ofrecerte cobijo, para brindarme el oído. 

Pero, ¿qué rey es así? ¿qué rey es capaz de eso? ¿Qué rey es capaz de tanto? Sólo un Dios conmovido por ti, que es capaz de salvarnos, haciéndose uno de tantos, uno de nosotros, en todo... ¡menos en el pecado! "¡Él es el Rey de la Gloria!" Quien posibilita que mañana, así, sin ton ni son, crezca en mí la esperanza y el sentido alegre por la vida, por pura Gracia. Dime, ¿quién es capaz de hacerlo así? 

Ahora bien, es claro y exigente. Pide todo de ti, pero te garantiza el cielo, la vida eterna, la felicidad... ¡aquí y ahora, y siempre, más allá del tiempo y la eternidad! ¿Cómo entrar en él? Dejándonos amar por el Amor, dejando que su Gracia nos sane y envuelva. Sólo así, experimentándole, podremos vivir desde el servicio a los que tenemos al lado, y desarmaremos nuestras defensas y muros, nuestros complejos de superioridad y nuestra apatía. 

¿Quieres ver a Dios? Ve a los suburbios, acércate a las entradas de los templos y supermercados, detente a la vera de los caminos, y míralo tirado en el asfalto de la soledad, la pobreza y la desnudez. 

¿Quieres abrazar a Dios? Míralo en tu casa correteando sin parar, dándote la tabarra con cara adolescente, haciéndote la comida y preguntándote qué tal ha ido el día. 

¿Quieres buscar a Dios? Mira al cielo, respira hondo, observa el atardecer y las estrellas, mírate al espejo y háblate con amor, haz silencio, taládrate el corazón, entra dentro y descubre una paz que está más allá de ti, más allá de mí, más allá de todo y de todos. Luego sal, y cómete el mundo. Porque el Reino de Dios no está aqui, o allí. "¡El Reino de Dios está en medio de vosotros!"

¡Un cariñoso saludo a mis queridos parroquianos en nuestro día! 

Seguimos caminando contigo mientras cantamos. ¡Viva Cristo Rey!

domingo, 15 de noviembre de 2020

¡Tú vales lo que pesas (a los ojos de Dios)!

Confieso que lo único que podría echar de menos de mis 130 kg de antes es el piropo simpático y jocoso que recibía de algunos de mis amigos: "¡Es que tú vales lo que pesas!". Evidentemente, son mis amigos, y más allá del chiste, nos valoramos por lo que somos. ¡Es lo grande y bello de la amistad verdadera!

Pero, sabemos que en los parámetros del mundo de hoy bien se conoce de "hacer valoraciones"; nos pasamos la vida sin vivirla, queriendo vivir la de otros, lamentándonos de lo que nos ha tocado, viendo el vaso medio vacío, como si se tratase de la suerte y el azar. Ese "dios de casinos" que nos hemos inventado lo llevamos bastante dentro de nosotros, como achacando a Dios, a los otros, al azar, a la vida, a... nuestra propia negligencia y holgazanería. 

Con la grandiosa Parábola de los talentos  (haz clic sobre la Palabra,  y léetela entera) nos pone Jesús en nuestro sitio, como siempre. Intenta despertar en nosotros el "locus de control interno" del que hablan los psicólogos, poniéndonos en alerta máxima: ¿qué hago yo con lo que se me da? Más allá de que en realidad el "talento" era en su contexto una unidad de medida (kilos de plata), el castellano nos permite traspolar el término a lo que conocemos de toda la vida: Esa especial capacidad intelectual o aptitud de una persona para aprender las cosas con facilidad o para desarrollar con mucha habilidad una actividad. 

Para Dios no somos lo que sabemos, lo que pesamos, lo que tenemos. No valemos para Él según nuestras brillantes destrezas, ni por ricos, ni por "tituleros", ni por coeficientes insuperables. Él te ha soñado así, como eres, único e insustituible, imperfecto a nuestros ojos; perfecto a los suyos. No nos ha "dado" regalos. ¡Nos ha hecho regalos! El problema está cuando eso no lo hemos reconocido, porque acabamos enterrándonos en vida, viviendo sin abrir el envoltorio, sin desenlazar los lazos de nuestros miedos y complejos. ¡Somos como regalos sin estrenar! Y nos regodeamos en las frases: "Se me da mal", "soy feo", "me duermo en misa", "nadie me quiere, todos me odian" (síndrome de Calimero)... 🐣

Pero, Dios espera también algo de ti. Somos don y tarea, obra maravillosa aun no completada, lienzos a medio hacer, con la maravillosa intención de que multipliques lo que se te ha dado, y que no te quedes en lo mínimo. La realidad está para mirarla y hacer algo para transformarla, no para meter la cabeza en la tierra para evadirla, como hace el avestruz. Así que mira tu realidad alrededor, y echa una mano, que el mundo está mal, ¡y lo sabes! ¡Échale ánimo y espabila, que la vida aun te espera, tengas la edad que tengas! ¡Pobre o rico! ¡Nativo o migrante! 

Sé protagonista de tu película y no seas tu propio villano. No sea que llegue ese último día en que descaradamente nos conformemos diciéndole al Señor: "He enterrado el talento... ¡Ahí tienes lo tuyo!"

Hasta otra ocasión, se despide este cura que camina contigo mientras cantamos. 

sábado, 7 de noviembre de 2020

La espera confiada


No sé si ya te lo he contado, pero desde el 5 de febrero de este año hasta hoy llevo 34 kilos perdidos, gracias a un control disciplinado pero bastante llevadero de la alimentación (con todo lo que esto ha supuesto de esfuerzo, autodominio, ánimo y motivación personal... ¡además de compra de ropa con cuatro tallas menos, y en tiendas más "convencionales"!) Y es cierto que, ahora que lo he logrado, miro atrás con agrado, y a veces el presente con cierta tensión y cuidado de no volver atrás, o de no desandar lo ganado, en todos los sentidos (¡también en el físico!). 

Cuando estamos a punto de cerrar ciclos, cosechar lo sembrado, esperar los resultados del proceso... se nos tensan los músculos del cuerpo y del alma, y nos entumecemos. ¡Es grandiosa esta tensión! Tal y como pasa con cualquier estímulo que implican la expectativa, el miedo o la amenaza, tenemos esa capacidad de reaccionar activándonos, despertando, preparándonos. Incluso, algunos (como yo) somos súper eficaces trabajando bajo presión. Eso sí, ¡sólo a veces! 

No siempre reaccionamos con tal tenacidad, sino justo lo contrario: nos paramos, los nervios nos detienen la marcha y nos juegan malas pasadas, se nos seca la boca y nos sudan las manos... ¡Nos volvemos torpes y necios, y preferimos huir de la realidad estresante con el sueño inducido (¡si es con un Orfidal de 10 mg, mejor! 😏) 

Con nuestra vida espiritual sucede exactamente igual, descuidamos demasiado fácil nuestro espíritu y nuestra vida de fe. El cortoplacismo y la inmediatez al mejor estilo "fast food" nos ha sumergido personal y socialmente en la mediocridad y la inercia, casi como norma. Sólo estamos alertas ante la desconfianza y la amenaza que me genera el otro (porque hoy desconfiamos hasta de nuestra propia sombra). Parece que sólo para eso somos eficientes, y si he de preparar mi mochila, que sea para proveerme yo, ¡y sólo yo! Basta con mirar el fatídico panorama que nos deja esta pandemia, o la macabra gestión política de los acontecimientos actuales. ¡Entre la sensatez y la astucia, nos puede más la viveza reptil e instintiva. 

Si supiéramos que nada nos llevaremos con nosotros cuando nos lleguen el dia y la hora, sólo la certeza de nuestra contingencia y vulnerabilidad, y la gracia de ser criaturas. ¡Si supiéramos el dia y la hora de ese momento...! Preguntemos a quienes han caído del avión en Sri Lanka hace unos años, o a quienes murieron repentinamente en el terremoto de Turquía hace unos pocos días. ¡Planteado así suena tétrico, sin duda! ¡Pero así ocurre y transcurre la vida!

Quizás lo más sensato es vivir el presente "como si no hubiera un mañana", pero no desde la angustia desesperante generada por la desconfianza y la insensatez autosuficiente, sino desde la esperanza serena que te da el saberte amado sin condiciones, esperado con ilusión, perdonado y salvado. Esa esperanza alegre que, para un creyente, sólo la da una realidad que nos supera, y que un cristiano contempla en quien se acostó en una Cruz para mostrarte (mostrarnos) que sólo Dios puede ser tan humano. 

Sí, sólo desde el amor y la mirada compasiva hacia nosotros mismos y hacia los demás (sobre todo los más jo...robados), es que podremos iluminar tanta oscuridad envuelta en este mundo que vivimos. Un mundo de zombies deambulando y a tientas, esperando "mesias" sucedaneos que dopen nuestros anhelos más profundos del corazón. Sin el aceite del Espíritu es imposible mirar esta realidad con esperanza y alegría (de la auténtica y profunda, no de la que nos venden los gurús de la felicidad en recetas) Sin el aceite del Espiritu nos resulta insoportable el soportar al hermano quejoso y sufriente. 

Pero, en espera paciente y confiada, y dejándonos resituar la existencia por la realidad personal y presente de Dios, la vida toma fuerza en colores y en sentido. En espera confiada somos capaces de sacar lo mejor de nosotros, de brillar con la luz de Dios y de hacer el bien. Es cuestión de abrirse también a esta posibilidad, si de verdad apuntas a lo alto y no te conformas con vivir a ras del suelo.

Como mis palabras son siempre inútiles por sí mismas, te invito acercarte a lo que ese Dios compasivo quiere decirte. Haz clic: ¡Estad en vela!

Te saluda con cariño, este cura que camina contigo mientras cantamos... ¡y velamos juntos! 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Me miró... (y a ti también) ¡Déjate mirar!

¡Perdona que he incumplido hoy mi trato contigo de publicar sólo una vez por semana, pero hoy no puedo contenerme de compartir mi alegría por el aniversario de una impronta eterna: ¡mi ordenación sacerdotal! 
Hoy no quiero escribir, sólo quiero que el Señor te hable, por eso te regalo una canción que entraña mi vida entera de su iniciativa y de mis pobres intentos de respuesta.
¡Para ti, la letra y la música! 
¡Disfrútala, y déjate amar por el Amor! 

Haz clic aquí, y escúchala: Te miré 

Te miré, y desde siempre te soñé, 
dibujé en ti todos mis planes, y así vivir 
en el silencio, despierto el corazón en cada paso. 
Te esperé con la paciencia de mi amor, 
deseoso en ver cómo crecías, y así sentir, 
que en tus latidos estaba yo colmando tus anhelos. 

Y hoy en mi Viña, te tomo para amar sin reservas como lo hago yo, con mi savia mejor, 
mi sarmiento serás.
En cada siega, yo dejo el corazón en tus manos, 
yo dejo mi sonrisa en tus labios, 
en tus brazos, mi abrazo, en el cáliz, mi Amor. 

Te amé, con tantos gestos te cuidé, 
diseñé por ti un mundo nuevo, y así 
vivir en mi abundancia, la paz que yo te doy 
nadie más la puede dar. 
Y te llamé, con la ternura de mi voz, 
susurrando en ti tantas canciones, y así, 
servir con alegría, 
recuerda que sin mí tú nada puedes. 

Abre tus brazos, y ofrece el corazón por pedazos, no calles que mi amor ha vencido, 
para mí tú has nacido libre y en libertad. 
No tengas miedo, no falta el agua nueva en mis campos, mantén tu rama unida a mi Vid, 
tu mirada en la tierra, descalzando tus pies. 

Te amé, y desde siempre... ¡te soñé! 

L. y M.: P. Samuel Pérez Ayala
Arreglos: Kiki Troia

domingo, 1 de noviembre de 2020

Del dolor y la esperanza


Sí, ya lo sé, esperabas una imagen más dramática y oscura, en el día en que recordamos a nuestros seres amados difuntos. Pero hoy no te complaceré con ello, sino que te regalo una imagen profundamente tierna y amorosa, de un joven (parece ser el "Discípulo Amado" relatado en el Evangelio de San Juan), recostado en el pecho del Señor, como quien busca descansar del dolor, como quien necesita escuchar el corazón que es capaz de devolver la vida y de sanarnos. 

No es casual el hecho de que ayer celebrábamos la gran festividad de Todos los Santos, y hoy recordar a quienes han partido ya a la casa del Padre. No, no es casual, tiene toda la intención y pedagogía de una comunidad creyente que se abre a la esperanza de que también esos, los nuestros, los de casa, los de "más cerca", estén inscritos en el cielo, lleguen a disfrutar del gozo y la alegría de encontrarse y morar eternamente con nuestro Dios vivo y verdadero. 

Ayer celebrábamos la alegría de quienes están en la Gloria, hoy nos mueve la memoria dolorosa, agradecida y esperanzada con la que traemos al corazón los rostros de personas concretas, que son parte de nosotros, y que ya no están. ¡No están, pero están! Y es esa la confianza que nos mueve, es ese el sentido de la imagen de arriba: nos aviva el consuelo y nos fortalece el amor que nunca muere. Nos confiamos a las manos y al corazón de un Dios misericordioso y loco de amor por cada uno de nosotros. ¡Y no es "ñoñería", es una clara y profunda realidad! 

Es muy cierto que, con ellos, se nos fue un trozo del corazón. Pienso en personas que tanto he querido, que ya han partido, y me parece que fue ayer cuando conversábamos, reíamos, discutíamos, peleábamos, llorábamos, compartíamos la vida, el amor y la amistad. Y se conmueve mi corazón, y me estremezco al escuchar aun hoy sus carcajadas y sus palabras de aliento y cercanía. No importa el tiempo que haya pasado, sigue estando en la memoria todo lo vivido, todo lo sufrido, todo lo soñado juntos. ¡Y siguen ellos estando allí, aquí dentro!

Por eso, son ausencias presentes, amores que se han quedado, corazones latiendo en la memoria, y por quienes hemos de vivir agradecidos y agradeciendo. ¡No están muertos, están vivos! ¿Es que acaso no lo crees? ¡El amor echa fuera el dolor, y el amor verdadero no muere! Por eso, no se han ido del todo, cuando los recuerdas con el mismo amor, cuando todavía sonríes ante sus ocurrencias y payasadas, cuando recuerdas los viajes, las canciones, los momentos y la confidencia en la mesa a la hora de cenar. 

Padre, madre, hijo, hermano, amigo... esa historia que no es simple nombre, ni simple número, ni simple cama de hospital, ni simple nicho. Esa historia que se ha tejido indeleble en nuestras almas, es memoria esperanzada de una vuelta a empezar y, cuando ocurra el reencuentro, esta vez será para siempre. Porque, para el que cree, la Vida empieza con ese breve instante de corte; porque, para el que tiene fe, la mirada se expande más allá del horizonte de la muerte; porque, para quien ama de verdad, todo es certeza de una eternidad ya vivida en las historias; porque tanto amor, tanta bendición, tanto cariño, tanta amistad, tanta entrega no desaparecen así sin más, no desaparecen jamás. 

Si sabemos y comprendemos con el corazón que el Amor de Dios es más fuerte que el dolor y que la muerte, descubrimos la hondura del "amaos" mandado por Jesús, muerto y resucitado. ¡Ese Señor, tu Señor, Vivo, es quien te invita a vivir hoy con más intensidad y alegría, porque pronto nos encontraremos de nuevo, y esta vez para siempre. 

Pongo en el altar del Señor a tus seres amados que están ya del otro lado, y oro por tu felicidad aquí y ahora. ¡Del dolor y la esperanza!

sábado, 31 de octubre de 2020

Santidad: ¡tu mejor "tú"!

Entre marcas, libros de autoayuda, slóganes y frases hechas, nuestras redes sociales explotan con esta idea a modo de invitación: "sé la mejor versión de ti mismo". ¡Y no está nada mal, ¿no?! Ahora bien, a alguien creyente se le ocurre hablar de santidad y nos lo cargamos con la mirada o con palabras ofensivas. ¡Qué curioso! 

Hay una realidad innegable, aunque no siempre la identificamos así: ¡tenemos sed de más! Parece que "Alguien" nos lanza a la eternidad, que algo se nos queda corto en el camino, que alguna cosa no acaba de estar bien dentro de nosotros, o que algo hay que mejorar/cambiar en nuestra vida y en el mundo. ¿No es cierto?

Como soy un cura-educador, te hablo desde este particular "binomio", desde este pequeño rinconcito en que se intenta vivir en Dios y en el ser humano, teniendo pasión por ambas realidades. (Y, como diría una joven humorista canaria al acabar sus stand up, "¡lo que hay¡"): 

Recuerdo que cuando hice mis estudios de postgrado en Desarrollo Organizacional, los profesores siempre caían en la idea cada vez más asumida -¡por suerte!- de potenciar en las empresas el factor humano en todas sus dimensiones, incluida la espiritual. Así, logré hacer síntesis personal de lo que significa acompañar a las personas a sacar lo mejor de sí, eso que llevan dentro y que hace que el mundo a su alrededor sea mejor. 

Dicho lo cual, para mí el desarrollo humano integral elevado al máximo en una persona (y esto implica también elevarse al máximo en el amor, en la relación con Dios, con el mundo y con los demás), es vivir en santidad. Lamentablemente, incluso dentro de la Iglesia actual, hemos perdido y desvirtuado la realidad de la santidad como vocación común y universal, idea que algunos  grandes como San Francisco de Sales habían despertado y que, gracias a la Exhortación Apostólica "Gaudete et Exultate" del Papa Francisco, se vuelve a poner sobre la mesa con valentía. 

Lo cierto es que (¡una pena!) para muchas personas, (también para gente "de iglesia"), referirnos a la santidad es como hablar de un concepto abstracto, adoctrinante y retrógrado que, en el mejor de los casos, es para pocos y para tontos, como si fuera meta idealista a la que "se llega" con la ascética y el misticismo, o como un grado "perfecto" con criterios incluso estéticos. 

En el fondo, está presente la errada y peligrosa idea de que el querer "ser más" es sólo anhelo de ambiciosos, de capitalistas, de ingenuos o de beaturrones trasnochados. Curiosamente, nos da alergia el hablar de santidad, pero no rehusamos hablar de la felicidad ni del "ser yo mismo", cuando en la realidad nos referimos a lo mismo: "¡Bienaventurados...!" (Mt 5, 1-12). La gran diferencia no estriba en el anhelo de felicidad, sino en la mirada, en el "método": somos Santos cuando nos vaciamos de nuestro ego y nos llenamos del Espiritu, del Amor de Dios, así en inversa proporcionalidad. Es decir, soy "más yo" en la medida en que salgo más de mí. ¡Es la misteriosa experiencia que han vivido y viven tantos!

Ya James Martin, sj, dice: "Para mí ser un santo significa ser yo mismo. Por lo tanto, el problema de la santidad y la salvación es, de hecho, el problema de averiguar quién soy y de descubrir mi verdadero yo" O, como comenta mi querido amigo el padre Quique, cmf, en su comentario al evangelio de este domingo: "San Túmismo. Es de la misma raza que San Francisco, San Ignacio, Sta Clara o San Antonio Mª Claret. Pero es menos famoso". 

Vivir en la búsqueda incesante de lo que somos de fondo, de lo que estamos llamados a hacer crecer en nosotros con alegría e ilusión, sabiendo que vivimos para dejar huellas de sentido en quienes vienen detrás, para sembrar esperanza en medio de un mundo desesperado y desesperanzado, para pasar por la vida haciendo el bien y dejar el planeta un poquito mejor de como nos lo hemos encontrado... ¿¡Acaso no quisieras eso para ti!? 

Me retiro dejando una pregunta al aire, para que te acompañe en las próximas horas: ¿Cuál es tu sed más profunda? Trata de responderla entrando dentro, sin quedarte en la "epidermis" del objetivo: "la casa, el coche y el perro". Seguro que al final en algo coincidiremos. Y eso, hermano mío, se llama santidad, aunque le pongamos nombres con más punch. 

Hoy me despido no sin antes dejar una síntesis gráfica muy bien lograda sobre quiénes son los santos de hoy (del bueno de Agustín De La Torre): 
Hasta la próxima, te abraza este cura que es feliz caminando contigo mientras cantamos.